La necesidad de sentirnos protegidos nos lleva a veces a estados de aislamiento, que aunque deseemos dejarlos o debamos  dejarlos, tememos hacerlo.

Quizás la historia comience en el vientre materno, porque allí nos sentimos a resguardo, protegidos, el hecho de salir forzados por un instinto es quizás el primer desarraigo que sentimos, el abandonar nuestra isla de seguridad, entrar a un mundo de ruidos, un mundo de temperatura cambiante, el sentirnos abrazados por fibras que distan mucho de la líquida tibieza que hasta hacia poco nos cobijaba, el tener que manifestar con llanto nuestros deseos de alimento o de ser atendidos, nos hacen ver lejanos aquellos dias en que todo lo recibiamos sin ningún esfuerzo o petición.

Nos toma tiempo acostumbrarnos al cambio, entonces creamos nuestra nueva isla de protección, mas, pronto aprendemos a sentirnos seguros con nuestra madre y hacemos de ella la guardiana de los linderos de nuestra isla. Pasará algún tiempo para comenzar a extender los derechos de propiedad, haciendo entonces a nuestro padre, a la casa, al jardin, amen de otros familiares, los custodios de seguridad; donde nos sentiremos a salvo de un mundo que se nos antoja extraño.

No pasará mucho tiempo, hasta que seguidos por un instinto, (el mismo que nos hizo salir del vientre de nuestra madre), nos veamos empujados a conocer nuevos horizontes. Será entonces cuando conoceremos las primeras derrotas, los primeros tragos amargos que nos harán pagar el precio por salir de nuestra isla de seguridad. Una de las primeras experiencias dolorosas que quizás nos acompañe toda la vida, será cuando a muy temprana edad nos dejen en un jardin de infancia, sitio en el cual nos sentiremos abandonados, fuera de nuestra seguridad; en ese instante es cuando ponemos a prueba nuestro instinto de aventura, ampliando horizontes en contraposición a los deseos de mantenernos seguros en la isla.

Esto pareciera ser un hecho aislado en nuestros primeros años, mas, podriamos estar transitando toda la vida con nuestro cerco de seguridad como el caracol con su caparazón. Serían interminables los hechos que se concatenan entre episodios de: querer salir de la isla, acrecentar los límites, o regresar corriendo asustados por las experiencias vividas.

La verdad es que nos atrae más el continuar bajo el manto de protección en nuestra isla y nos negamos sistematicamente a los cambios. Será quizás por eso, que cuando más deseamos algo, es cuando dejamos ver que no nos importa. No nos arriesgamos y sentimos que cada puerta es más una invitación a estar adentro, seguros, que una invitación a traspasar el umbral y a conocer nuevos mundos. Será por eso que tememos abandonar un trabajo, una casa, una ciudad, un país, una relación, comenzar una nueva vida, etc. 


El haber crecido con ideas, costumbres, hábitos, que si bien nos han servido para mantener nuestra isla a flote... (hasta el momento), nos apartan del instinto de superación.  Tememos de alguna manera a abrirnos a nuevos conceptos, a romper con los parámetros establecidos; visualizamos que la nueva aventura podría llevar a pique y hacer desaparecer a nuestra isla, (que terror). Si intentamos ver más allá de los límites establecidos podemos oir a la vieja conciencia dando gritos de !no me abandones, hasta el momento te he mantenido seguro!. !Confía en lo que tienes, no busques lo que no se te ha perdido!

¿Búsqueda? pues si... siempre andamos buscando, deseando encontrar la isla más segura, aquella que nos lleve a emular la paz que vivimos en las entrañas de nuestra madre, mas no atinamos a comprender que la única forma de estar seguros es entender y saber que el paso a dar debe ser la desaparición de nuestra querida isla de seguridad. ¿Cómo?...Si, entender y saber que el universo no es una isla y por lo tanto no podemos darnos el lujo de fraccionarlo; es nuestra percepción limitada y escaza de la creación la que nos ha puesto a la defensiva. 

Ese deseo innato que nos empujó fuera del útero no fue una puerta para salir de una isla e ingresar a otra, fue la puerta para salir a un universo infinito. Ese instinto de emigrar, de superarnos, de crecer, fue un llamado fuerte y claro de nuestro Padre para entregarmos el reino, mas, en nuestro afán de protegernos del mundo (y lo que es más triste...de nosotros mismos), hemos vivido bajo la proteccion de algo o de alguien, y nos hemos perdido completamente el show. Nos dieron los boletos especiales, nos los pusieron en las manos, entramos a la primera puerta y nos acurrucamos en un rincón a disfrutar de una isla de seguridad que engañosamente nos prometió la felicidad.

Es hora entonces de arriesgarnos a la aventura; unde tu isla, undamos nuestras islas y disfrutemos de todo el mar del universo, sabiendo que los límites son sin límites, que hay una creación de la cual eres copartícipe y que el Padre está a cargo para guiarnos hasta donde todo comienza y nada termina, donde empieza el más allá. Ahora sabemos que no es necesaria ninguna isla de protección, mientras permanezcamos concientemente conciente de que Dios está a carg..Solo Dios. 
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Ministro Miguel Corales

 


MI isla de Protección