Hay quienes piensan que las cosas suceden por buena o mala suerte, que estamos a la merced de los accidentes. Nada más lejos de la verdad. Personalmente he sido testigo, tanto de una secuela de accidentes, como de un fluir hermoso, donde se ha concatenado una serie de acontecimientos que al analizarlos corresponden sin lugar a dudas a causas y a efectos en serie, lo que podríamos llamar una reacción en cadena. ¿Te levantaste alguna vez pensando que lo hacías con el pie izquierdo? Pues esa podría haber sido la causa de todos los efectos negativos y que obtuviste durante el día.

No es un accidente el que estemos manifestándonos en este momento como seres carnales. Cuando un padre y una madre carnales se unen, en el instante que el espermatozoide fecunda al óvulo, en ese momento comienza el crecimiento y la multiplicación de células, se da continuidad a causas y efectos que datan desde el mismo momento de la creación, cuando Dios soplando en la nariz de Adán, causo el primer aliento de vida. ¿Fue eso un accidente? ¿O quizás obra de casualidad? Absolutamente no.

Pensar que las cosas suceden por azar equivale a abrogar la ley de causa y efecto. Es tratar de convencernos de que todo es un resultado de la casualidad. Albert Einstein dijo: “Dios no está jugando a los dados”. Y tuvo razón, si no estuviese Dios a cargo de un plan Divino, entonces sí... los accidentes estarían por doquier y no habría forma alguna de ni  siquiera esperar que saliese el sol mañana.

Entonces dejemos establecido que la ley de causa y efecto es la constante en todos los acontecimientos que nos acompañan en esta expresión de vida. Aunque hay muchos momentos y cosas en nosotros que de buena gana alegaríamos que no nos pert.necen Creo que debemos ser honestos y reconocer que si las cosechamos es porque en algún momento de nuestra vida, sin querer o queriendo, o sin darnos cuenta las hemos sembrado.
 Ellas viven en nuestra conciencia y muchas en la subconciencia: taras, amarras, sentimientos de culpa, temores, espejismos creados y multiplicados. 
Son como engañadores que están cambiando nuestro oro por espejitos y baratijas, o “están convirtiendo nuestra casa de oración en cueva de ladrones” Si causamos sobre temores, los resultados serán más temores, si causamos desde la envidia, la carencia, el no puedo, la soledad, la angustia, etc. ¿Cuáles serían los resultados? reconozcamos que cada semilla produce su fruto, entonces no nos alarmemos de obtener resultados indeseados.

Es hora de comenzar a causar sin parámetros limitativos de escasez, envidia, temores, es hora de sembrar con sabiduría, en Dios, en amor, en conciencia de lo que deseamos cosechar, romper los parámetros que otros nos quieren imponer; porque tú no puedes, o no naciste para eso. No hay accidentes, no hay buena o mala suerte es hora de manejar las causas... para así poder disfrutar de los efectos. Somos en realidad el efecto de una causa, y somos hasta cierto punto responsables de ello.  Cambiemos nuestra existencia, nazcamos de nuevo; hagamos entonces nuestras causas dignas y perfectas y cosecharemos efectos maravillosos, y no frutos con aroma de accidentes. 

Miguel Corales

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Ley de Causa y Efecto
¿Un Accidente?