Cuando somos niños nuestros padres nos enseñan dos palabras mágicas: Por favor y gracias. Estas palabras eran y son un símbolo de las buenas costumbres, una forma de mostrar nuestra educación. Aún puedo oír a mi madre diciéndome: ¿Cómo se dice?, o ¿Cuál es la palabra mágica? El decirla hacía de mí un niño bien educado. Hoy aunque no siendo tan niño, mas niño aun, resuenan en mi cabeza sus palabras y ello me lleva a decirlas cada vez que la ocasión lo amerite.

Gracias, que palabra tan corta y con tanto poder. Al decirla nos aseguramos que las puertas se vuelvan a abrir, que el favor recibido pueda ser repetido. Cuando la decimos estamos reconociendo el trabajo, la ayuda, la importancia que pueda tener lo que otra persona hace por nosotros. No importa cuan pequeño o grande sea la acción recibida, cuando la complemen- tamos con la palabra Gracias, todo toma otra dimensión. Lo que podría pasar desapercibido toma una connotación importante. El reconocimiento inmediato o posterior a una acción nos hace aparecer con un corazón agradecido.

Gracias: que bella palabra, la repetimos y la repetimos, mas sin percatarnos que tiene un poder inusitado. Lo tiene para el que la entrega; reconociendo el bien y para el que lo recibe, ya que al dar y recibir se cumple la simbiosis de la creación. El que recibe  las  gracias  podría  decir  humildemente: no es nada o Dios te bendice, o por lo contrario, puede con ella alimentar su ego, sentir que es lo más grande y magnánimo que hay en el mundo, sentir que si no fuese por él las cosas no funcionarían, en fin, puede convertir la palabra gracias, dada con el más puro de los reconocimientos, en un arma muy destructiva que podría acabar por endurecer su corazón haciéndolo insen- sible a la corriente de crecimiento espiritual.


 Recordemos a Jesús cuando dijo: ...“Yo de mi nada puedo, el Padre que mora en mi es quien hace la obra” Juan 14:10

Gracias, que mágico poder lleva consigo. Poder; que sin saberlo es la llave que puede liberar una energía inusitada para el que la usa. ¡Sí...! cuando decimos gracias, estamos reconociendo el bien, y aunque no nos demos cuenta de ello, estamos reconociendo el Bien absoluto, ya que todo bien viene de Dios, o es Dios.

Si al decir gracias, hacemos conciencia de este hecho, estaremos dándole un factor multiplicador a nuestro crecimiento, liberando tal cantidad de energía que no cabrá en nuestro pecho, estaremos dando gracias con un sentimiento de eternidad, con una conciencia de liberación y en una conciencia divina. Practiquemos la condición de dar gracias concientemente, viendo el bien absoluto del Padre en toda acción. 

Permitamos que esa semilla dorada se convierta en una energía sanadora, revitalizadora, en amor puro. Por un momento cierren sus ojos y sientan como se forma el agradecimiento... lentamente, háganlo visua- lizando el bien de Dios en la acción, tenemos tanto que agradecer y no lo hemos hecho, dejen que poco a poco la semilla dorada brille, crezca y cuando ya no puedan resistir más... permitan que aflore a vuestros labios toda esa energía de bien y digan con entera voz: Gracias, gracias Padre. Les aseguro que la experiencia valdrá la pena, perdón que estoy diciendo, “valdrá la alegría”. Sentirán como todo vuestro cuerpo se revitaliza, cada célula sentirá el gozo de saber que el bien absoluto ha sido reconocido y... agradecido. Gracias Dios... gracias, gracias.

Miguel Corales

El Poder de
 dar Gracias