Nuestro amigo Pedro; aquel que se quedó en el refugio por algún tiempo, mientras estuvo allí, meditó mucho acerca de la cosas de su vida, de todos los sueños no cumplidos, de lo que por temor o por desidia había dejado de hacer; tomó la decisión de cumplir uno de sus más caros anhelos: escalar la montaña hasta llegar a la cima. De modo que preparó todas las vituallas necesarias y comenzó su ascenso.

Sabía que ello tomaría algún tiempo, mas, se armó de paciencia y no se amilanó ni por el frío ni por las alturas a las que sin saber por qué, temía desde su niñez. A medida que subía el temor le asaltaba con mayor frecuencia, mas, algo en su interior le empujaba a seguir, dándole valor y entusiasmo. Por su memoria pasaban diferentes etapas de su existencia, algunas muy reconfortantes,  dignas de recordar, otras no lo eran tanto, así  que, realmente no quería pensar en ellas, prefería ponerlas a un lado y seguir subiendo. 

Al cabo de algún tiempo comenzó a divisar la meta propuesta; era la cima de la montaña que se erguía orgullosa como diciendo: “yo soy la cumbre más poderosa, mas, si me alcanzas también poseerás mi poder”. Su garganta se hizo un nudo al sentir la emoción de estar tan cerca de cumplir su proeza. Con una aceleración indescriptible se agolpaban en su mente todos lo momentos en  los cuales no fue capaz de tomar decisiones, en las citas a las cuales no acudió por miedo a ser rechazado, en las veces, cuando mirándose al espejo repitió las palabras que en su niñez había escuchado “tu no sirves para nada, apártate estorbo, eres un desastre”.

No podía creerlo, estaba descubriendo que todo  eso había sido una mentira. La verdad era lo suficientemente fuerte para haber realizado todo lo que se hubiese propuesto, lo demostraba el hecho de que estaba allí, a punto de vencer la montaña, a la orgullosa montaña... estaba a punto de obtener su gran poder. Se encontraba tan ensimismado en sus  pensamientos que no se percató de que había una roca suelta y la pisó; al resbalar  quedó colgando de sus manos. Toda la euforia que estaba sintiendo se esfumó. Entonces, como antes; vio su imagen mirándolo en el espejo diciéndole: “Te lo dije, no sirves para nada, eres un fracaso, ¿qué te creías, que podías hacer las cosas bien? Pues merecido te lo tienes por estúpido”. En ese momento se apoderaron de él sentimientos de temor, rabia e impotencia. Confundido miraba a todos lados mientras pensaba que podría hacer en circunstancias tan apremiantes.

Extrañamente se sintió observado por un águila quien posando en su nido acompañaba a dos polluelos; “Lánzate al vacío”, dijo el águila a Pedro, haz como yo, y se lanzó elevándose con gran majestad. “No puedo”, le respondió Pedro, no tengo alas, no tengo la cualidad de volar. 

Haciendo una pirueta el águila exclamó ¡no tienes alas! Si crees que por eso no vuelas déjame decirte que en tu vida no has hecho lo debido; no por falta de cualidades sino por creer que no las has tenido. Si nosotros los águilas  creyéramos que no podemos volar estaríamos caminando en la llanura y no seriamos dueños de las alturas. 

Todos tenemos grandes cualidades y dones, lo importante es desarrollarlos a su plena capacidad. Debiste oír a una cabra diciéndole a mis hijos que estaban locos si pensaban lanzarse al vació... bueno en realidad eso retardó un poco sus deseos de volar, mas creo que ahora mismo podrás presenciar la magia de creer y realizar; “Vamos niños ha llegado la hora, a conquistar el espacio”, graznó el águila. Uno de ellos fue el más valiente y se tiró cayendo a gran velocidad. Creo que este se va a matar le dijo nuestro amigo; no te preocupes le respondió el águila, pareciera que va a caer pero sabemos que por un extraño sortilegio una mano nos toma y pone bajo nuestras alas una fuerza invisible que hace que nos mantengamos elevados y nunca más nos abandona... no me preguntes cómo, solo lo sabemos... así ha sido y así será. Todo eso es muy bonito, aclara Pedro, pero yo no tengo alas. No importa le dijo el águila; solo suéltate y la mano invisible te tomará, solo debes creer, solo debes saber que es así.

Entonces un escalofrío unido a una gran emoción recorrió la espalda de Pedro.  Sí, se dijo, lo que es bueno para el águila también debe ser bueno para mí, sé que la mano invisible me tomará, y diciendo esto se soltó de la roca cayendo suavemente en un saliente que se encontraba a sus pies. ¡No tienes alas! afirmó el águila; mas, ahora puedes caminar, ve... sube a la cima que te está esperando, solo sabe que la mano invisible está contigo; así ha sido... y así siempre será.

Miguel Corales

El Espíritu 
del Águila