La Meta y el Camino

                       Siempre se ha sabido lo importante que                       es enfilar la proa y aprovechar el viento de popa de nuestro empeño, tesón, conocimiento y experiencia para lograr las metas, sueños y visiones a las que debemos alcanzar. Una meta muy distante nos podrá parecer muchas veces como algo muy difícil de lograr. Es posible que nos encontremos con desalientos o derrotas; mas, estos deben considerarse como nuevos acicates para obtener el objetivo fijado. 

La vida no lo es tanto sino la aderezamos con un motivo para vivirla. Encontrar ese motivo es tarea de cada alma, no me refiero a un motivo obvio y simple, sino a uno altruista, uno que nos haga descubrir la verdad de la misión, un motivo que con dones insospechados nos indique con fuerte luz el camino a seguir. Es posible que nos tome algún tiempo  encontrar ese derrotero a conquistar, más tarde o temprano estaremos en el camino correcto y ya nada podrá disuadirnos de lo que debemos hacer.

La meta elegida debe ser clara, mas, es importante no perder la perspectiva hasta el punto de cegarnos, que al poner nuestra atención solamente en ella, y por no ver cómo y por donde marcamos nuestros pasos nos extraviemos o nos perdamos del camino. Es como si intentáramos caminar mirando hacia arriba; inevitablemente perderíamos la visión de lo circundante cayendo fuera del camino o en algún precipicio. El caminar con la vista fija solo en el lejano horizonte nos puede ayudar a no perder la meta, pero a su vez nos estaremos perdiendo la hermosa experiencia del camino en sí. Creo que es tan importante la meta como el disfrute de la ruta que nos lleva a ella. 

Recuerdo que  cuando era niño pasé una larga temporada con mis abuelos en la ciudad de Ovalle, en el norte de Chile. En ese tiempo solíamos ir a Santiago, lo que me encantaba, y cada vez que hacíamos el viaje era una aventura excitante. Salíamos temprano en la madrugada con vituallas para el camino. Parte del viaje se hacía sobre el aroma del mar con vistas impresionantes, donde pueblos pesqueros nos brindaban con su simple belleza; adornando una jornada que no terminaría sino hasta el anochecer cuando las luces de la capital anunciarían la meta cercana. El disfrute del viaje era para mí toda una aventura, el ver a mi abuelo manejar un viejo Ford a una velocidad que no creo que excediera los 40 kilómetros por  hora. El ir comiendo pollo frio y huevos duros en el camino, el paisaje, los animales silvestres que se cruzaban intempestivamente hacían de la jornada algo que nunca olvidaré.


Es posible que muchas veces nos quedemos absortos y congelados en la ruta, mas, tener un balance entre el camino y la meta creo que es la mejor forma de avanzar. 

Conozco a personas que se fijaron una meta: propusieron trabajar duro, amasar una fortuna para luego poder descansar y disfrutar de la vida. Lo hicieron con tanto ahínco que al final de la jornada se olvidaron para que estuvieron trabajando, no obstante de ser su riqueza considerable, nunca pararon de trabajar, y ahorraron y ahorraron... y ya no sabían para qué.

Si solo vemos la meta hasta el punto de declarar que el fin podría justificar los medios, entonces estaremos cayendo en cavernas oscuras que harán que nuestra meta, dolorosamente se aleje cada vez más.

Si por el contrario nos entretenemos demasiado en el camino, corremos el riesgo de que la meta de disipe o que lleguemos a ella y no la reconozcamos o que lleguemos a encontrarnos vacios y perdidos sin saber para donde íbamos ni de donde veníamos. Lo sabio entonces sería mantener un balance.

El poder saborear el camino, el vivir aprendiendo, sembrando, cosechando conscientemente cada irrepetible segundo vivido, sin perder el horizonte, nos da la oportunidad de un doble disfrute. Es la simple diferencia del placer de pescar y preparar lo que comeremos para cenar, o comprar el pescado frito, listo para saciar el apetito.

Les invito a comenzar un nuevo ciclo, a fijar nuevas metas o a visualizar el cumplimiento en balance de las que ya tenemos, mas, con el claro deseo de disfrutas cada día con plena consciencia de que es el día que Dios nos entrega; que es perfecto, maravilloso. Tenemos la opción de elegir; gocemos el motivo, el camino y con alegría celebremos cada segundo vivido en la seguridad de que la meta a conquistar será por demás reconfortante y satisfactoria. 

Ministro Miguel Corales

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